sábado, 7 de enero de 2012

Crisis económica

Parece que el texto habla de hoy mismo:

"En 1933 no era fácil aceptar, por ejemplo, que donde la demanda del consumidor, y por ende el consumo, caían, el tipo de interés descendería cuando fuera necesario para estimular la inversión de nuevo, deforma que la mayor demanda de inversiones compensase el descenso de la demanda del consumidor. A medida que aumentaba vertiginosamente el desempleo, resultaba difícil de creer (como al parecer lo creían los responsables del erario británico) que las obras públicas no aumentarían el empleo porque el dinero invertido se retraería al sector privado, que de haber podido disponer de él habría generado el mismo nivel de empleo. Tampoco parecían hacer nada por mejorar la situación los economistas que afirmaban que había que dejar que la economía siguiera su curso y los gobiernos cuyo primer instinto, además de proteger el patrón oro mediante políticas deflaccionistas, les lleva a aplicar la ortodoxia financiera, equilibrar los presupuestos y reducir gastos. De hecho, mientras la Depresión económica continuaba, muchos ( entre ellos J.M. Keynes...) afirmaban que con esto no hacían sino empeorar las cosas. Para aquellos de nosotros que vivimos los años de la Gran Depresión todavía resulta incomprensible que la ortodoxia del mercado libre, tan patentemente desacreditada, haya podido presidir nuevamente un período general de depresión a finales de los ochenta y comienzos de los noventa, en el que se ha mostrado igualmente incapaz de aportar soluciones. Este extraño fenómeno debe servir para recordarnos un gran hecho histórico que ilustra: la increíble falta de memoria de los teóricos y prácticos de la economía. Es también una clara ilustración de la necesidad que la sociedad tiene de los historiadores, que son los recordadores profesionales de lo que sus concidudanos desean olvidar".

Hobsbawm, Eric  Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona, 1995; página 110.